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EL ALMÍBAR PSICOLÓGICO

Instituto de desarrollo integral

         

EL ALMIBAR PSICOLÓGICO (Fragmento del libro «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

Denomino «almíbar psicológico» a la tendencia de muchas personas a crearse una parcela mental de ideas melosas y blandas con las que mitigar el peso de su existencia. Sucede en el sendero «espiritualoide», bañado por dosis de amor y buenas intenciones, mas desde una incierta comprensión del sentido real de la vida. Hoy en día son muchas las personas que refugian su indefensión y baja auto-estima en este tipo de necesidades. Aquí se aprecia mucho el estereotipo, es decir: los pensamientos bonitos, envueltos en un celofán plácido que ni cura ni ayuda a progresar en el camino, ya que adormece la conciencia. Estas ortopedias emocionales se suelen difundir en las redes con una ligereza inusitada, ya que la persona que las usa adquiere la sensación de bálsamo para su desvalida emoción.

De igual manera sugestionarán rituales melosos en los que las salpicaduras emotivas se ensanchan. Esto significa que el Yo carente se esponja a través del juego, desde la idea de que estamos participando en el dulce ensueño, en un artificio donde compartir blandas sensaciones. La pose personal se reafirma en el corro de los justos y santificados, sin darnos cuenta de la sutileza con la que el Yo oscila. El ademán pietista y la misma afectación alentarán la propia imagen y servirán de cataplasmas para un Yo menesteroso que no busca conocerse a sí mismo, sino más bien entretenerse y compensar la pobreza que envuelve su vida.

El problema es que desde el punto de vista energético, crean un magma astral difuso y artificial que vela la realidad. Sin conciencia, el individuo que usa estas cataplasmas difunde un vapor empalagoso con el que velar el sentido de un camino verdaderamente iniciático. El auto-conocimiento, la continuidad de propósitos, el rigor y la disciplina serán reprobados. Podremos creer que mediante estos emplastos mentales cooperamos con la luz y el bien, mas no nos daremos cuenta que es un cerco de ilusión, en multitud de ocasiones perverso y manipulador. Desde mi punto de vista, hay intenciones negras para que esto suceda en una sociedad carente y anestesiada. El sujeto común no llega a apreciar que este tipo de automatismos pseudo-espirituales, llevado por el impulso virtual de lo «bonito», propaga la confusión y una veladura mental, que es manipulación encubierta.

¿Goecia: magia negra? Estos términos asustan, sin embargo, siempre ha habido intenciones soterradas para que la humanidad permanezca dormida. Cuanto más empuje la inercia de hablar de amor, de luz, de paz, de angeles azucarados…. frases hermosas cogidas con pinzas de las nubes, más lejos estaremos de un camino realmente iniciático. Alientan una zona insatisfecha del sujeto, en ocasiones sometido por los miedos, y por una oculta frustración. Cuando el Yo se apoya en frases e imágenes «color de rosa», cuando la persona mira en exceso señales celestes con las que justificar su precaria realidad, diría que un sector de su mente no está disponible para un verdadero trabajo de auto-realización.

Niños en suspiro que acarician florecillas, con la incierta sensación de que el alma se les apacigua. Estas identidades inestables impiden dar los pasos oportunos por el camino de la auto-realización. El Yo detesta un método preciso, simplemente porque aprecia como más confortable la dispersión, en la que estas muletillas que las llamo de almíbar nos crean la falsa sensación de estar en el marco de los justos, de lo espiritual, de lo precioso y auténtico. Como ya la vida es tortuosa, y como el miedo y la debilidad personal nos la hacen ver más siniestra si cabe, necesitamos anestesiar esa zona de dolor que se encuentra cargada de sombras. El Yomiseria se nutre del espejismo. Lo que me parece verdaderamente importante es comprender que desde ahí, las carencias aumentan, y desde ese rincón azucarado, por mucho que nos eleve el suspiro, patrocinamos una sociedad dormida que no encuentra verdaderas respuestas para su salud.

Atendamos a los factores que impulsan a este estado de dormidez:

— Huir del rigor y el método, porque esto comporta una disciplina que el Yo no está dispuesto a aceptar. La dispersión nos sugiere una precaria sensación de libertad, y se aprecia la enseñanza como rigidez y exigencia. Es el «Ego» el que se posiciona en la ambigüedad, porque seguir la instrucción debida presupone dosis de humildad de las que el Yo no dispone. Aquí se confunde rigor con severidad e imposición. Sin continuidad de propósitos, sin el detallado trabajo personal, la enseñanza se hace turbia y no contribuye a una eficaz evolución.

Hay personas que piensan que el desarrollo es una cuestión que ha de suceder por «claridad espontanea», esto es: sin método ni educación. Merodean una serie de teorías o filosofías que parten de la idea de que si la existencia se ve imbuida por la ilusión, también el trabajo, por muy consciente que sea, también entra dentro de ese territorio iluso. Se puede entender que el comportamiento se ha de «educar» para cuestiones básicas de la vida: cocinar, desarrollar el lenguaje, aprender una profesión, una relación de amistad o pareja, la educación de los hijos… etc, mas no para un desarrollo espiritual. Lo significativo del caso es que ese «dejar hacer» lo elige el Yo instintivo y egoico, para los fenómenos que definen la mecánica de la vida, mas no aquellos que guardan relación con el auto-conocimiento.

— La inercia a lo fácil y a lo cómodo. Se rechaza todo aquello que presuponga trabajo o cambios significativos que el Yo nos lleva a interpretar como amenazas. En consecuencia, no se comprende que somos animales de costumbres y que para inclinar la costumbre nociva del «Ego» se requiere una precisa disciplina. Se picotea, la persona inconstante va de acá para allá y cree que cuanto más está informada, mejor para su Yo. Se eligen prácticas o encuentros que no comprometen, pues se aprecia más el desahogo del momento que las señales del camino. Será la zona de confort del ciudadano-tipo que asienta su mente en lo sensorial (sentidos primarios) y no es capaz de percibir la vida como un campo de pruebas para el alma humana. Sólo distingue por imitación, muy subordinado a los clichés psicológicos impuestos.

De esta manera no nos daremos cuenta de que la información indiscriminada no sólo abotarga a la psique, sino que nos puede llevar a incorporar ideas peregrinas y turbias que, en ocasiones, tomamos como excelentes. Predomina el sentido hedonista de la vida. Así la corriente de Eros (el gozo y disfrute) se asienta en la psique, utilizando justificaciones que relajan la actitud. Se deja llevar por una inclinación dulce en la que aprecia la corriente del «Ego» de forma superficial. Aquí lo teórico pesa más que lo práctico.

— La vanidad, que se convertirá en el refuerzo más determinante de un Yo carente, necesitado de aprobación. El simple compartir, por muy precario que sea el viaje, refuerza la auto-estima. La vanidad es la compensación egoica de las personas que padecen insuficiencia emocional. En este sentido, aparecen por doquier pastores dispuestos a conducir rebaños, instructores que alientan su propia estimación y la necesidad de que los valoren y los sigan. Asimismo, es usual determinar ante los demás la calidad de elegido, de ser asistido por las alturas, bañado por el almíbar celeste que viene de arriba y a ellos los guía. El contructo mental es el siguiente: «si me bañan a mí fuerzas divinas, si me reconoces o bien me sigues, te bañarán también a ti».

— El hábito que nos lleva a parlotear, argumentar, reforzando de forma reiterada la posición espirituosa. Charlas, coloquios, tertulias destinadas a repetir mecánicamente los mismos paradigmas. Se usa el wasaps sin conciencia, desde la sensación de que compartir estas cosas con los demás refuerza nuestra identidad. Aquí la cataplasma emotiva se hace muy difusa, ya que participaremos en ideas de nube que no suelen ser sólidas. Estos hábitos mitigan en cierta medida la sensación de incomprensión y soledad.

— Pensar que solos podemos, que nadie nos tiene que indicar el camino, porque ya sabemos y contamos con una aptitud acertada. Aparece la soberbia, solapada en estos tiempos por la idea de afirmación personal…eso que se suele denominar empoderamiento. Aquí las ideas, por mucho que aparezcan confusas e inestables, se entenderán como oportunas. Los prejuicios alientan el orgullo personal, y son ellos los que impiden la adecuada disposición y método. Aquí puede aparecer el concepto de «buenismo….» que ayuda a interpretar cualquier posición ajena como pietista y de pose vanidosa; como es fácil de suponer, esto al «Ego» lo protege ante cualquier tipo de conocimiento o instructor. Se rechazará de plano una enseñanza metódica y eficiente.

— La inclinación natural a compensar mediante sensaciones lúdicas la falta de respuestas con las que abordar la vida. La persona inconsciente valora más el divertimento que el conocimiento. En ocasiones, movida por la ansiedad con la que de forma difusa alienta la excitación. Otras por una angustia que reclama ante todo cariño y empaña su percepción. Aquí se observa cómo los alumnos no son constantes y, asimismo, cómo utilizan la enseñanza como un simple placebo, sin hacer efectivo el método. La mente se enturbia y las ideas se hacen difusas y nebulosas.

— La tendencia inconsciente a los juicios de valor que se manifiestan sin comedimiento y llenan las redes de basura. La queja y la culpa nos imanta el campo astral; esto es como decir que cuando usamos de forma sistemática una queja, cuando culpamos a otros y entramos en un magma crítico y reactivo, el Yo se anestesia. Desde este hábito no se puede apreciar la engañifa que siembra el campo del dolor. En algunas personas surge la negación sistemática a escuchar o admitir lo diferente, cuando puede poner en entredicho a su Yo. El inconsciente colectivo se contamina gracias a los juicios que el ser humano emite sin ton ni son, como refuerzo para un alma quebrantada.

Sugiero desde aquí que antes de enviar o compartir ideas peregrinas, por mucho que les mueva la buena voluntad, se hagan conscientes del mecanismo. En nuestro anterior tratado «La lámpara de Diógenes, decimos lo siguiente: «Los alquimistas del medievo acercan a nuestra comprensión una ley primordial de la vida que dice que «cuando el veneno fluye se convierte en néctar; mientras que el néctar, cuando se condensa, se convierte en veneno». Esta cuestión cardinal no se refiere tan sólo a los aspectos físicos y químicos, sino que es aplicable a aquellos factores de identificación con la vida que condicionan nuestra personalidad.

»Podríamos decir que el néctar del alma se empobrece cada vez que la reflexión se hace equívoca, envenenando el intelecto e impidiendo un adecuado discernimiento. Es un mecanismo que nos embota con ideas difusas y condiciona al centro emocional».

¿En qué medida el néctar queda condensado cuando lo maneja un Yo carente y apasionado? ¿Cómo las bonitas palabras y las buenas intenciones pueden convertirse en incompetentes si se usan desde la orfandad del alma?

(Capítulo del libro «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

 

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