C/ Olimpia 4 – Barriada San Juan de Dios – GRANADA
+34 683 42 91 72
antonio@idiconciencia.es

EL EQUIVOCO EMPODERAMIENTO

Instituto de desarrollo integral

EL EQUÍVOCO EMPODERAMIENTO             

 (Fragmento del libro «Resplandor y Brisa, los parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)

Este término deriva del verbo empoderar, que viene a significar: «hacer poderoso o fuerte, dar autoridad o suficiencia». Convengamos en que la necesidad de dar crédito a nuestro desvalido Yo procede de una cierta insuficiencia, la mayor de las veces a tenor de las carencias emotivas que el individuo sufre. Así pues, hoy en día se usa regularmente este concepto para hacer valer la autoestima, en multitud de ocasiones perjudicada cuando se le ha dado una excesiva consideración a personas o aspectos de la vida que nos quitan presencia, que menoscaban nuestro Yo. Será legítimo y útil cuando el alma humana se encuentra prendida por ese pellizco emotivo.

¿A qué debemos llamar empoderamiento? Diría que al hecho de dar poder a un aspecto de tu propia identidad. La cuestión que aquí me interesa destacar es que ese poder, cuando se le otorga al segmento débil de la persona, establece en el inconsciente un estado de defensa personal, de alerta predominante ante todo lo que puede hacer sombra al Yo. Se acrecienta en definitiva el estado anímico de defensa y ataque, con el que podremos acechar en los demás síntomas de invasión, de manipulación, de exigencia, de prepotencia…. Aspectos que serán subjetivos y dependerán del menoscabo sufrido por la persona con anterioridad.

Aparece en el individuo una muy extendida condición —en ocasiones puede derivar en patología— al emplear el hábito de defenderse categóricamente de lo que le pueda hacer sombra o disminuir su afirmación. En nuestros estudios de psicología de la auto-realización nos interesa más usar el término «afirmación personal», que sucederá como un logro de la identidad que aparece cuando se es autónomo, en la medida en que el sujeto no depende en exceso de lo que los demás hagan o consideren. Esta libertad que ha de conquistar el Yo y hacerse estable en el plexo solar deriva de la capacidad de trascender la molestia que le suponen los otros: aquellos que son diferentes y no actúan o piensan como nosotros.

Por consiguiente, entendemos que la capacidad de respeto, de permitir que el otro sea como es, de aprender a no entablar combates egoicos donde uno se siente atacado o disminuido, es fundamental para la auto-realización. Uno de los aspectos que en la sociedad de nuestro tiempo alienta el empoderamiento es el llamado «amor propio herido». Resulta como un mecanismo de defensa que se dispara cuando algo de afuera no vibra en consonancia con lo que ESPERAMOS. Como solemos mantener clichés mentales aprendidos, según la educación que recibimos, el Yo tiende a juzgar y criticar lo que no le gusta o no está dispuesto a tolerar.

Pongamos un ejemplo: si una persona ha sufrido en una relación de pareja condiciones machistas, malos tratos o bien se ha sentido subordinada o manipulada, encenderá en su inconsciente un «semáforo rojo», una alerta mediante la cual pueda defenderse de cualquier posibilidad que menoscabe a su Yo. Es un mecanismo natural de defensa, mas lo que entiendo como perjudicial es mantener en lo cotidiano esta actitud combativa, esta desconfianza o vigilancia en el criterio, que puede hacer que en muchas situaciones triviales se dispare el amor propio, el orgullo y se reaccione con virulencia ante los demás.

Desde mi punto de vista, el desarrollo anímico de una persona pasa por la tolerancia y el respeto. Asimismo, por la capacidad de escucha, que nos puede permitir apreciar el ángulo desde donde la otra persona piensa o siente. Muchos sujetos en una conversación, antes de que el interlocutor termine de hablar y exponga sus ideas, ya presuponen, juzgan o niegan. La reactividad inconsciente del Yo se establece de forma automática frente a este tipo de supuestos o prejuicios.

Mas me permito aquí acercar un aspecto fundamental en cualquier relación: la capacidad de perdonar o bien trascender los defectos de los demás. Cuando una persona se ve subordinada por su amor propio, por un Yo que ha sido herido, no dispone de la verdadera capacidad de perdón. Queda en su inconsciente una llaga abierta (trauma) que podrá ponerse en evidencia en muchas situaciones donde suceda el desacierto ajeno.

Por otro lado, los juicios de valor negativos se hacen fuertes. Esto quiere decir que presupondremos habitualmente que el otro es así, que no cambia, y destacaremos mediante un relieve notorio sus carencias y debilidades. Se pondrá de relieve el equívoco o defecto de la otra persona por encima de sus cualidades. Este talante perjudica cualquier relación; por ello, no dispondremos de capacidad para tolerar y relativizar.

Una persona madura es capaz de relativizar las condiciones o defectos de los demás. Cuando el Yo permanece herido, no se madura, pues la persona necesita echar mano de eso que llamamos empoderamiento, como reacción automática y a veces díscola, una forma de poner en evidencia la necesidad afirmativa que se encuentra carente. Por tanto, dependerá excesivamente de los demás, y mantendrá un sentido crítico y reactivo cuando los otros no se ciñen a sus apreciaciones.

Diría pues que el empoderamiento se convierte en una ortopedia emocional del Yo. Se requiere por falta de estabilidad personal; y llega a ser dañina cuando el juicio de valor se establece rígido en la psique. De esta manera, depreciaremos por instinto de supervivencia, y no estaremos dispuestos a admitir y tolerar.

Si un individuo es educado para entender que todas nuestras relaciones nos entrenan y maduran, que de todas ellas podemos aprender, comienza a preguntarse sobre la madurez de su talante, sobre lo apropiado de su reacción, dejando atrás el gesto compulsivo de un Yo combativo y reactivo. Esta actitud consciente beneficia al alma humana. El gran desarrollo individual consiste en establecer un acuerdo consciente entre el lenguaje del Yo personal y el que atañe al alma humana. Por consiguiente, si una persona elige por la comprensión y compasión, no pondrá como relevante en una relación SU EMPODERAMIENTO, si el otro lo considera o no lo suficiente, si se siente afirmado o vulnerable en la relación, sino que su luz personal brillará por sí misma independiente de la del otro. Tendrá por consiguiente capacidad de integrar y amar. 

¿Cómo saber si me encuentro en este tipo de condición? La respuesta la señala lo que denomino: «EL NO SEVERO Y EXCLUYENTE». Cada vez que excluyes de forma categórica a alguien en tu juicio de valor, cada vez que lo niegas, se pone en evidencia el altercado que sufre tu Yo. Por ejemplo, cuando digo con rotundidad y alevosía: no quiero en mi vida personas asíiiii…. Pues ya la vida se encargará de que las tengas. Estás declarando un aspecto no solucionado de ti mismo. Si entendemos que la existencia tiene un lenguaje particular sujeto a la ley de causa y efecto, a la necesidad de sofocar dilemas, a la posibilidad de aprobar asignaturas pendientes, deduciremos que una de ellas es la animadversión, esto es: la ojeriza, resentimiento o NEGACIÓN que volcamos en los demás.

Muchas relaciones de pareja se ven envueltas en esta ojeriza, cuando no se toleran o bien no se aceptan defectos o concretas equivocaciones del otro. Como es natural, si son los dos los que establecen el «efecto espejo», se reprochan y devuelven de continuo la intolerancia, la relación sufrirá o bien se deteriorará. «Para lo bueno y para lo malo», ¿qué significa para el alma este axioma que usualmente se promulga en el matrimonio? Diría hacer estable la conciencia de integración y tolerancia, cuando las cosas no vienen como el Yo las espera. Para mí es una cuestión de madurez.

(Fragmento del libro «Resplandor y Brisa, los parámetros de la conducta» de Antonio Carranza. P.V.P.- 15 €)

            

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *