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EL SEMÁFORO INCONSCIENTE

Instituto de desarrollo integral

EL SEMÁFORO INCONSCIENTE

¿Por qué en el inconsciente el semáforo rojo brilla con mucha más intensidad que el semáforo verde? ¿Cómo funciona en el ser humano el mecanismo de una alerta apremiante hacia lo que nos resta estima y consideración? Yo diría que esta reacción involuntaria funciona mediante dos parámetros inevitables que se han hecho fuertes en nuestro cerebro: el miedo a que no nos correspondan según esperamos y el arcaico artificio que sugiere a la mente que nos proporciona más estimación el hecho de criticar y poner en evidencia los defectos ajenos que valorar las virtudes. 

El Yo personal mantiene de continuo una cierta demanda a que lo valoren adecuadamente y a que no le hagan daño. La gran trampa contribuye a forzar un talante antinatural que nos lleva a necesitar en cierta medida que nos estimen y consideren, sin estar dispuestos a estimar y valorar a los demás. Si arrastramos del pasado una sensación de depreciación, si nuestros padres o personas cercanas no nos han expresado adecuadamente su cariño, el mecanismo defensivo se acentuará.

La mayoría de las personas son más proclives a poner en evidencia las carencias y defectos de los demás que sus cualidades. Es como si fuéramos educados a suponer que la cualidad debe de darse de forma natural, mientras que el defecto debe señalarse como antinatural. Esto sucede frecuentemente en la educación, en la medida en que muchos padres son más proclives a señalar las faltas y defectos de sus hijos que a expresar abiertamente sus valores. Y pasa también entre amigos y relaciones de pareja. Nos inclinamos en nuestras relaciones a encender el semáforo rojo, tanto en el pensamiento como en la palabra, en vez del semáforo verde. Expresar el cariño, la gratitud, cuesta mucho más que declarar el precepto y el error. Y no nos demos cuenta que es la manifestación de lo valioso lo que favorece la autoestima y crea salud en nuestras relaciones.

«Tienes que comportarte así, según mis esquemas mentales, mi forma de pensar y sentir, y si no lo haces, pues te prejuzgo, te malinterpreto o bien te deprecio». Diría el inconsciente, muy habituado a este tipo de reacciones aviesas hacia los demás. Esto, como es evidente, alimenta la culpa y la molestia ante lo que no nos gusta de los otros. Cuando una persona requiere consideración ajena, le cuesta sobremanera considerar a los demás. Asimismo, si padece sensaciones de baja autoestima estimará, aunque no se dé cuenta de ello, que valorar generosamente al otro no es del todo adecuado. ¿Por qué? Yo diría que prima en el subconsciente la necesidad propia de estima y es por ello que minimizamos sin darnos cuenta la de los demás.

Todos, en mayor o menor medida, buscamos en la vida y en relación con los demás significar dos parámetros que el Yo toma como fundamentales:

  • La necesidad de estímulos, de diversión.
  • El triunfo, el requisito de ganar, el logro.

 

Son dos aspectos que sin darnos cuenta de continuo volcamos en nuestras relaciones. «Quiero que me estimules y me diviertas», que es una forma de esperar que la otra persona juegue conmigo, sea cómplice de aquello que entiendo como oportuno. Y surge el mecanismo inconsciente de reaccionar a la contra cuando esta complicidad se quiebra. «Quiero que me halagues y atiendas, que seas partícipe de mis triunfos, o bien me ayudes a lograrlos». Asimismo, si no siento esta colaboración, también se enfría la relación, interpretando al otro como alejado a mis propósitos.

La cuestión es que todos nos debemos un semáforo verde que abra el inconsciente no sólo a la aceptación, sino a la capacidad de valorar de forma positiva a los demás. El semáforo verde, en vez de juzgar como inapropiado al otro, acerca a la conciencia la posibilidad de comprenderlo y, asimismo, no dar excesiva importancia a sus defectos. Tras un defecto humano subsiste algo no resuelto y comprendido. Una de las trampas más comunes que usamos es la de interpretar al otro según somos nosotros. Esto hace que las personas no terminen por conocerse en verdad, saber de sus verdaderas intenciones, cuando aparece de forma contundente la negación.

El proceso de la conciencia pasa sin duda por la capacidad de aprender de lo que consideramos incorrecto. Si reaccionamos ante el desatino de los demás con molestia y mediante un juicio negativo, la mente se ofusca, se alimenta el dilema y no terminamos por descubrir conclusiones claras de la situación o comprender la verdadera intención de la otra persona. Este mecanismo alimenta el PREJUICIO, que no es ni más ni menos que la consabida forma de volcar la moralina personal en los demás.

Esto que aquí comentamos es un mecanismo enfermizo del Yo que requiere una saludable atención. La desatención inconsciente es susceptible de afectar al campo vital, perturbando órganos y sistemas. Diría que de la misma manera que perturbamos la atmósfera exterior en nuestras relaciones, perturbamos el clima interno de nuestros campos vital y anímico. La salud se corresponde con una posibilidad de actuación consciente con todos los fenómenos que marcan la existencia.

(Fragmento del tratado «El cuerpo energético, campos, meridianos y chakras» de Antonio Carranza. P.V.P.- 15 €)

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Les saluda, como presidente de I.D.I. Antonio Carranza

¡Qué todos los seres sean felices!

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