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EL SOPLO DEL DRAGÓN

Instituto de desarrollo integral

       EL SOPLO DEL DRAGÓN

      (Fragmento del tratado «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

Quizás el gran secreto consista en no empeñarse en luchar con el dragón. Quizás la simple contemplación de sus fauces humeantes nos proporcione más satisfacción, un mayor placer que el de vencer y triunfar sobre su petulante empeño. Se muestra con insistencia en ese instante donde la mente quiere oponer una cierta resistencia a la vida, a lo que se expresa ahí afuera como contrario y desafortunado, cuando mi Yo necesita considerar, encarar, sublevarse, resolverse cara a cara ante el opaco espejo.

Idea frente a idea; empeño frente a empeño…esa mirada obtusa que frunce la mente y crea un rictus tirante en el semblante. ¿Eres tú…? Sospechar que en cada embestida donde oscila el criterio el dragón nos reta, que nunca dejó de flamear en el vórtice de nuestra alma. Euforia y fatiga, el incesante remolino, el fragor de la llama que insiste y teje una oscura bandera que proclamar y proteger contra viento y marea. Es la bandera del Yo, esa que destaca de continuo lo que es cierto y verdadero, lo que nos conviene.

Perplejo y siempre acechante, el soplo del dragón parpadea en las sienes. En verdad, ya no me importa lo más mínimo arder en su fuego; ni tampoco que aquel humo polvoriento inflame mis fosas nasales. Esa entrega tácita a la simplicidad de la vida, cuando ya no necesito deducir qué es natural y qué celofán me envuelve en lo artificial y engañoso. Respirar una atención somera que instala en el centro de la frente un punto luminoso y disipa el obtuso pensamiento. ¿A qué se debe ese arrebato que sume mi mente en una tortuosa interpretación? Cada vez que mi Yo se empeña en interpretar la simplicidad de las cosas, siento que me viste una pátina de artificio e insuficiencia. Indefenso y desprotegido en un frío cerco de escenario. Es la desnudez de un personaje que esgrime con una mecanicidad incipiente los bosquejos de su aprendido guión.

He dejado la insistencia del reclamo, de cualquier decreto como gasa usada a un lado del camino. He contemplado con sosiego cómo se sueldan en mi mente las láminas grises del deseo. Una tácita entrega me ciñe a la luz de la vida, el oportuno remanso que acepta y asume lo que ha de venir, sin espejismos, sin la torva insistencia de ese Yo que respira con dificultad, que se pronuncia a borbotones y cría de continuo ansiedad. ¡Hágase tu voluntad…! Y sé que esta entrega es la que podrá destilar en mi alma un saludable resultado.

Sentir la médula del alma como brote de flor. Ahora la respiración se convierte en la guía precisa capaz de instalar mi emoción en ese centro. Tal vez porque su cadencia, al alcanzar un tempo preciso en mi pecho, desmantele el flujo incipiente en donde oscila toda dualidad. Cada inspiración, cada expiración, escoltan a mi alma a una precisa neutralidad donde la vida y la muerte encuentran una sana conciliación. Es aquí donde surte la gran reconciliación, donde se fusionan todos los contrarios.

Quizás fuera yo, desde esta pasividad, quien retara el ímpetu del dragón. El caso es que, aunque estábamos destinados el uno al otro desde un ancestral hechizo, esta nueva mirada lo recluía al otro lado del espejo, y yo diría que lo acobardaba. Cerca de los mínimos vitales, otorgaba a mi respiración un insospechado resplandor, fusión de paz y serenidad. Imposible cualquier traza de provocación, en la que antes caía decidido y achicharraba con denuedo mi emoción. Esa muerte lenta que ansía, suspira, descifra, se obliga una y otra vez a explicar, obstaculizando cualquier asomo revelador que oxigene el pecho y la mente. Es así como anudamos sin conciencia al Yo al cordel de la permanencia. Porque cada trastorno donde las ideas fluctúan se había convertido en un dispositivo terco con el que restare crédito a la misma muerte. No desaparecer… empeños, sueño y un gris letargo en el eco de las palabras. ¡Postizos…! el consabido simulacro que precisa un Yo delirante. El deseo que se retuerce en el pecho y quiere escapar de la serena piedad, el pulso que fluctúa en el corazón sin la quimera del tiempo. Es una grasa de hombre que, sin escrúpulos, se coloca todas las mañanas su antifaz y su lengua de sapo.

Miro a los ojos de tantas personas que revelan en el iris una ardiente sed de vida. La sed de perpetuarse en los actos y en las ideas. La sed de la opinión con la que proclamar un eco de escenario, la cruda verdad que tiembla entre los labios. Percibo al mundo como una gran pantomima en la que todos somos figurantes. El ansia de la vida que nos encrespa y nos enreda los sentidos para una palpitante embriaguez. Sólo la pasividad, al expirar paciente la compostura del Yo, puede sacarme de este letal simulacro.

Ahora, no había palabra, ninguna frase por sublime que fuera que pudiera conmover mi pecho. Ni siquiera aquélla de «amaros los unos a los otros como yo…» ¡Oh…Dios mío! Nada. Toda expresión aparece ante mí como hoja mustia de una ondulante adormidera. Amate, amaros, sed felices, caminad por el sendero de los justos, , declarad vuestra verdad a tumbos, abrazad la pátina luminosa de un Dios ambiguo y desnaturalizado que se os escapa a chorros entre los dedos. Reclamos, decretos, sombras que aparecen en el envés de la mente. No obstante, sé que es necesario… indispensable, incluso obligatorio. En este mundo que se repliega a sí mismo en la dualidad, lo inefable siempre ha de alzarse sobre la pedregosa calzada de los edictos. ¿Dónde está la cima, dónde el clímax? ¿Qué venturoso amanecer es capaz de desvanecer todas las fronteras? El artificio sonso de la palabra mediante el cual el Yo se refina, se acicala para dar pábulo a su contrahecha postura. El espejo crujió, y fue entonces cuando supe que el dragón sonreía.

Sonreía porque me miraba escribiendo esto que os digo, suponiendo que de igual manera mis palabras se encontraban envueltas en el barniz de la representación, y también rebotaban como torvo pedrisco una y otra vez contra el espejo. ¡Fetiches…! El mayor fetiche es la palabra. Por muy inocente y caritativa que se nos muestre. Por mucho que la adecentemos con buenas intenciones.  «La literatura es un reemplazo, una artimaña morbosa y precaria que nunca podrá palpar lo esencial…. Tú lo sabes» me susurró el dragón al oído. Lo sé… pero, ¿no es maravilloso acercarse con la palabra al eco que el alma aprecia? ¿No es esa la esencia del arte? ¿Alcanzan estas palabras mías una conformidad precisa en el corazón del que las lee…? Porque para mí es un acto mágico y sagrado, una forma de esbozar luces y de quitarle peso a todo aquello que aparece como siniestro y caduco. Entiendo que a través de los «contructos mentales» que segrega el Yo me alejo de mi Esencia; pero aquí decido por evitarlos, por desteñir esas poses ambiguas con las que suele especular el Yo.

Herman Hesse nos decía que «hay dos caminos que conducen a la salvación: el camino de la justicia, para los justos, y el camino de la gracia, para los pecadores». Y él, por mucho que quisiera abrazar la gracia, por mucho que anhelara ese indispensable consuelo, se debatía con pavorosa incertidumbre entre el uno y el otro.

¿Cómo puede el justo encontrar la equidad en un mundo donde la arbitrariedad, la vergüenza y el extravío son legítimos? ¿Salir del delirio no comporta asumirlo en la propia entraña? ¡Esto es lo que hay… me rindo! Trocar en lícito, admitido lo que hasta este instante se presentaba ante nuestros ojos como fatal. La mente dio un vuelco y alcanzó la impresión de que autorizar al veneno a que mantuviera su naturaleza ponzoñosa, paradójicamente, me inmunizaba aún más, me acercaba al umbral de una libertad hasta entonces insospechada. Cuando la mente se debate entre el bien y el mal, el dragón expulsa por su boca la llamarada más ardiente. El camino del entendimiento, del raciocinio, por mucho que rastree la verdad, se encontrará irremisiblemente ante un gran abismo. ¿Sabéis por qué…? Pues porque el néctar siempre se encuentra inmerso en el propio veneno. Si condenas al veneno, si apartas de ti el estiércol de la vida, no podrás alcanzar la luz del fruto. Ahora sé que la lepra del cansancio es imprescindible en un punto preciso del camino, aquél que aprecia como natural cualquier semblante de la existencia. El cansancio de percibir cómo se labra la mezquindad junto a ti y tan sólo contemplas y respiras.

El cielo es justo en la medida en que lo convertimos en una consecución, en un resultado. Es el ideal sujeto a la lacra del tiempo. Si eres justo y bueno podrás alcanzar la altura de una bondad divina; por el contrario… De esta forma la cualidad se manifiesta en la psique como un proyecto efímero, sujeto a un celestial desenlace. Esta rémora que arrastra el ser humano desde tiempos inmemoriales segrega para el Yo todo tipo de condiciones. No le permitirá ser en la cualidad de forma natural, impedirá que en su corazón se instale la abundancia, y en sus ojos la mirada clara del niño. ¿No es la sabiduría un desenlace que limpia el iris del ojo con esa inocencia original? Cuando el corazón destila el conocimiento de la vida, cuando la mente alcanza el gran discernimiento, la mirada se higieniza con un sano resplandor. Esto el dragón lo sabe y lo teme.

Una nueva psicología me brindan los sentidos, aquélla capaz de purificar al alma, aquélla que desinfecta el proceder y el talante, que disipa el cerco de tinieblas donde se eclipsa tanto la vida como la muerte. Soñé con un extraño mecanismo que se alojaba en mis vísceras y me convertía en un artefacto que producía de continuo tiempo… un tiempo desnaturalizado, ambiguo, repleto de fríos objetivos. Un tiempo que asfixiaba a mi alma y gruñía de continuo una oxidada convulsión. Allá, a lo lejos, la Eternidad me esperaba envuelta en su gasa luminosa y radiante. Quise salir del espejismo, mas la convulsión del criterio me retenía una y otra vez en aquella esfera densa, repleta de tinieblas.

Desperté ensopado en sudor. Respiré hondo y una revelación se situó nítida en mi frente. Era un soplo sorprendente que disolvía cualquier idea de justicia y de verdad. ¿Cómo es posible? Era un suave soplo que sólo admitía para la mente aceptación y entrega, el filamento susceptible de tejer el manto de la Eternidad. Cuanto más intuía ese amparo, esa libertad, más vociferaba el dragón, arañando con sus pezuñas mi blando cerebro. «Disuelve y coagula» pensé recordando aquella máxima alquimista…. sin embargo, mi corazón se decantaba más a disolver, a disgregar, a abandonar la escollera del pensamiento. El dragón, entonces, emitió un eco sibilino para inundar mi vientre con la flama violácea del miedo.

Supe así de la fuerza de la neutralidad, del poder que abría en mi pecho una esplendente presencia. Comprendí qué era aquello que debía «coagular» en mi vientre y en mi cerebro. Curtir el alma con la adecuada templanza, que no es blandura ni flojedad, pues instala en mi interior una confianza y seguridad que ya es fe. Vislumbra, percibe más allá de cualquier conjetura y esa visión convierte mi corazón en un fanal repleto de esperanza.

La mente fluctúa en la dualidad con un firme propósito: despejar el espejismo que emite el dragón por sus fosas nasales. Esa llama que de continuo nos carboniza es la misma necesidad. El gesto dual de la psique mueve el péndulo del deseo para que nos pasemos la vida aceptando y rechazando, un pálpito que surte de la misma respiración. Cada inspiración nos abre a la luz voluptuosa de la vida (Eros), mientras cada expiración nos repliega en la sombra fría de la muerte (Thanatos). De esta manera, el laboratorio humano fija el gran entrenamiento de los estímulos, mediante los cuales aceptamos y rechazamos, fijamos en la mente la idea de lo que es bueno y aquello que interpretamos como malo. El corazón bombea en su sístole y diástole el tempo de una emotividad variable, y a cada sistema y órgano lo impregna este flujo continuo de la polaridad. 

Es un flujo bioeléctrico que vibra en la misma célula, en todo el sistema hormonal para ajustar de continuo la vida y la muerte. En consecuencia, la vida se convierte en un campo de pruebas, en un gimnasio psicológico y emocional donde el alma humana oscila en el arco dual que transpira, por decir así, tanto el tiempo como el espacio. Mientras la dualidad cimbree en nuestras neuronas y la retina aprecie la vida desde el involuntario contraste que segrega el instinto, experimentaremos todo tipo de conflictos.

No obstante, intuimos, aspiramos, alentamos el anhelo de la Unidad como un desenlace mítico que tarde o temprano nos ha de llevar a un núcleo divino. Lo espiritual no es un anhelo, sino una consecuencia legítima que sucede cuando salimos de la difusa complicación. Sin darnos cuenta nos empeñamos en precisar en la mente aquello que no puede suceder desde la misma necesidad, desde el simple anhelo. Cuanto más deseo o interpreto la sensación de Unidad, más me alejaré de ella. El gran viaje espiritual —yo diría iniciático— sucede de lo concreto a lo abstracto. Mientras el individuo se vea sobornado por estímulos e ideas que fuerza el marco de la sensación, lo concreto, aquello que deseo y creo precisar, se convertirá en un imán poderoso que nos atrapará a la espiral del mundo. Este es sin duda el cariz mundano que somete al alma e impulsa el instinto.

¿Puede el ser humano, en su calidad de alma individual, optar por la experiencia luminosa de la Unidad? Pues yo diría que sí, que, incluso, es su Esencia… la realidad numinosa de donde partimos y hacia donde vamos. La cuestión es que el estado adviene, llega a nosotros cuando en verdad estamos preparados para ello, cuando hemos vaciado la mente de contenidos y prescindido del síntoma equívoco de la reacción. Si el campo de pruebas que nos otorga la vida es en lo concreto, el campo de la luz espiritual que aparece de forma plácida y natural, es en lo abstracto. Esto es como decir que la experiencia del Ser requiere un abandono mental, quebrar todas las referencias intelectivas en las que hemos educado al Yo para que pueda suceder.

Rasgar el velo de la diosa Isis era para los antiguos egipcios un trance psíquico hacia la Unidad. Los llamados Misterios Isíacos educaban la mente para trascender el tortuoso apremio de las anécdotas donde el Yo se entretiene. Esto es como decir que estamos confinados en el campo de la ilusión, y que es desde la contemplación serena y neutra cómo podemos hallar el hilo liberador que nos saque de los ciclos vitales, lo que los orientales denominan samsara.

La diosa Iris abre para los griegos el manto del color para indicar a los elegidos el camino que nos ha de llevar al Olimpo. Sucede tras la lluvia, que empapa la tierra con el limo que la ha de hacer fértil. El iniciado que es capaz de dejar atrás esa frondosidad, los frutos profanos que nos procura la vida, decidirá sortear el campo de la luz y del color. Iris nos invita pues a una serena austeridad. Será la sobriedad que libere el sentido del ardor donde la llama del dragón se perpetúa. El sonido y el color se ven alentados por el mismo diapasón, regulados por la diosa para que el iniciado aprenda a vibrar en frecuencias cada vez más elevadas. Será así como se conquista la luz inefable del Olimpo.

 El llamado a la Unidad ha sido celebrado por multitud de ceremonias y rituales que buscan la impresión de centro. En mi anterior tratado «El humus humano» expreso lo siguiente: «Cuando un emperador chino celebraba sus grandes sacrificios se situaba en un centro cósmico que reproducía al núcleo de la vida desde donde él podía emanar o resurgir. Como lo hará un antiguo faraón egipcio o lo reclamará la Pitia en Delfos, cuando la gran sacerdotisa se sentaba en un centro cosmogónico (el omphalos) para recibir de los dioses sus revelaciones. Es por ello que muchas imágenes orientales que pretenden definir este proceso de la evolución son representadas por mandalas o círculos que van a establecer la constante relación entre la periferia y el núcleo. Estos diagramas geométricos, o yantras de unión entre el mundo físico y el espiritual, sirven como instrumentos de concentración y contemplación».

Hesse describía el camino de la gracia como un sendero sombrío donde el arrepentimiento del pecador podía llevarlo a un horizonte ensoñado. Sujeto a la idea religiosa de la culpa y la expiación, entiende que admitir el delito y tomar la determinante resolución de no caer de nuevo en él, es lo que puede otorgar al penitente la experiencia de la gracia. ¿Delito…? Para mí una cuestión es apreciar desde la entraña el extravío que empaña los sentidos y convierte en obtusa la mente, y otra bien distinta admitir la idea del pecado como una rémora dolorosa que debemos censurar (sensación de error y culpa) y corregir (imposición hacia la enmienda represora).

Desde mi punto de vista, el camino de la gracia requiere atender simplemente al campo de dolor que el ser humano se ha empeñado en sembrar permanentemente. La trampa psicológica de la culpa crea dolor. La inercia fortuita de la queja mina nuestra vitalidad e instaura malestar y desconsuelo en el alma. ¿No son las raíces del árbol donde se apoya el Bien y el Mal las que avivan de continuo el campo del dolor? El dragón nunca dejó de proteger los frutos de este árbol, nunca dejó de cautivar los sentidos con su embrujo, de seducir a la mente con argumentos destinados a avivar el semblante del Yo. En consecuencia, cuando admitimos la culpa y la necesidad de perdón, nos embauca el hechizo del dragón.

  ¿Cómo concebir a Dios al margen del Universo y de la misma Naturaleza? Esta pregunta, aunque nos pueda parecer un tanto panteísta, plantea sin duda el método preciso para apreciar la luz de la gracia. ¿Por qué? Sencillamente porque en el instante en que se aprecia que todo, todo lo que nos rodea, se estremece, experimenta, vibra, se anima como palidece, se manifiesta decente como sucio, brillante como opaco, forma parte de la misma Naturaleza, la mente alcanza una sumidad espiritual. He dicho en el instante en que se aprecia, no en los lapsos mentales con los que se elucubra y piensa. Todo es patrimonio de Dios, que es como decir de nuestra real Esencia, porque ella alcanza calidad y cualidad divina.

La luz que llega a abrirse esplendorosa en la psique es un desenlace natural que ocurre al calcinar al dragón con su mismo fuego. La gran visión desvanece el humo de la llama. De esta manera el ser humano puede apreciar una lumbre viva que ya no quema. Es la luz susceptible de casar su aliento con el hálito universal que por todas partes cimbrea. ¡Tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos! El Yo embaucado por su compostura y su discurso no puede experimentar esta singular armonía; y no lo hará hasta que no aprenda a trascender la gravedad del sufrimiento. Sólo la atención que asume e integra quiebra el espejo de la ilusión; es una atención sucinta y limpia que le permite al corazón el gran descanso.

    (Fragmento del tratado «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

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