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LA LUZ DE LA PRIMAVERA (EL AMOR SUBLIME)

Instituto de desarrollo integral

SECRETOS DE PAREJA

En las personas meridianamente civilizadas se puede apreciar una diferencia notable entre lo que significa una «relación de pareja corriente» y una «relación de pareja consciente».

La que aquí denominamos «relación de pareja corriente» sería aquélla en donde las personas que la componen buscan en cierta medida el bienestar común, atendiendo la relación como una forma de llevarse bien y cooperar según intereses precisos, mas ambos involucran en ella de forma automática sus taras y carencias personales. Se establece un ajuste permanente entre lo que se considera, entre lo que se quiere y a lo que se aspira. Según sea su madurez, la persona será egocéntrica o bien podrá apreciar y le importará la necesidad del otro. En este sentido, el marco de las creencias y la educación pesará, como lo hará el patrimonio emocional que nos haya proporcionado lo que anteriormente hemos vivido. 

La denominamos «corriente» porque en ella los sujetos, aunque no lo comprendan claramente, se dejan llevar por la marea de la vida. Están aprendiendo el uno del otro en el cerco de sus circunstancias y dilemas, en multitud de ocasiones desde una curva emotiva inestable. Se han encontrado para solucionar cuestiones pendientes de sus pasados, como aquellas carencias recurrentes que expresan y padecen. Este tipo de relaciones se convierten en un gimnasio muy oportuno para el «Ego», ya que en ellas cada persona tiende a convertirse en espejo del otro.

Una de las cuestiones básicas a considerar, es que aquello que no te gusta o detestas de tu pareja, está reflejando un asunto propio pendiente a superar. Es así porque si lo hubiéramos trascendido, si en verdad comprendiéramos, el Yo no reaccionaría con desagrado, y no sembraríamos el campo del dolor que, a la postre, se convierte en el fermento preciso del desafecto. Diremos que la molestia que nos produce el otro manifiesta con claridad la carencia individual. Cuanto más egocéntrica sea la persona, cuanto más débil, menos podrá asumir al otro.

En este primer supuesto los individuos reclamarán asiduamente entendimiento y complicidad, ya que el Yo se verá sometido a la necesidad de cariño, a ser estimado y considerado. Los Yoes del uno y del otro, si bien pueden padecer sus altercados según el gimnasio que el deseo y el amor propio determina, a la postre buscarán conciliación. Diremos que los distintos biorritmos emocionales oscilarán en la medida en que se producen los acuerdos, la complicidad, muy en relación a la capacidad de respeto y a la sana comunicación. 

Obviamente si debido a la rutina, o bien al desinterés, se encalla el afecto y la comprensión, aunque la «pareja corriente» muestre conductas respetuosas, el alma de ambos se sentirá perjudicada. Sucederá a pesar del trato cordial que por educación intercambien. La pareja experimentará una cierta acidez, basada en la espera y en la no aceptación de un Yo atrapado en el desengaño. Podríamos decir que la persona alienta en el subconsciente helor y desamparo, por lo que será inmadura y no elegirá respuestas sanas que determinen su camino. ¿En qué medida el abandono a una relación desdichada es síntoma de inmadurez, por muchas justificaciones que el Yo adopte para sortear decisiones contundentes?

El Yo personal se contrae, afectando de consuno al campo vital y al alma. Sucederá a tenor de los pensamientos negativos, del juicio de valor y del continuo altercado que lleva a la pareja a la defensa y al ataque, aún sin expresarlo verbalmente. También se puede elegir una cotidianidad neutra y fría, en donde a los espacios y a la comunicación los invada el desamor. Las continuas desavenencias alterarán el carácter y la forma de comportarse. Si el sujeto percibe a su pareja como su contrincante, podrá experimentar una hostilidad en la que el artificio de la ofensa se hará evidente. Si señala a la pareja como su verdugo, la sensación inclemente de víctima se acrecentará, estimulando la impotencia y la propia debilidad.

Llegamos a decir que la víctima consolida a su verdugo, en la medida en que alienta la sensación de sumisión que ella misma ha elegido; como lo hará el competidor en relación a su adversario. Muchas personas no llegan a entender esto simplemente porque están acostumbradas a juzgar al otro, a no tolerar o bien comprender lo diferente. Tampoco adquieren la sensibilidad de entender que en toda relación se manifiestan las condiciones precisas que cada cual debe transformar. Por tanto, no están educadas a considerar el margen de responsabilidad individual que sucede para ayudarse y atenderse.

Es muy usual en este tipo de relaciones pasar de la fascinación y la admiración previa que nos produce la persona querida, a la sensación de que su forma de ser, en cierta medida, nos molesta o intimida. Nos comparamos por un lado para salir perdiendo, y por el otro para necesitar no sólo defendernos de lo que convertimos en amenaza, sino para consolidar a toda costa la importancia personal. Al proyectarnos en el otro, la personalidad puede quedar un tanto nublada. Este dispositivo es asistido por la vida, que nos lleva a conocer a personas que impulsen nuestra afirmación, aunque sea a través del drama que ha de sufrir el Yo en su proceso de desarrollo. La relación forzará al individuo débil a auto-afirmarse mediante una continua crítica y, en ocasiones, animadversión. El otro no sólo sirve de entrenador, sino también produce en el inconsciente el «efecto reflejo». 

Al Yo menoscabado lo mueve una personalidad carente que solicita, aun sin conciencia, adhesión. Que se nos tenga en cuenta, que nos valide la otra persona según nos da la razón o se muestre atenta y cariñosa. No es un reclamo de amor, como se suele interpretar, sino más bien la deferencia con la que poder confirmarnos según nos aprueban, o nos asisten. A la pareja le reclamaremos la validación que no hemos sido capaces de confirmar en nosotros mismos. Si esto no ocurre, el sujeto tenderá a lamentarse, a veces a través de la queja; otras en la inclinación inconsciente de poner de relieve los defectos del otro. Este clamor no sólo agriará el carácter y perjudicará la relación, sino que ensuciará la mente, encallada en el reproche y en la dudosa censura que la persona manifestará de forma automática. 

El débil no puede alcanzar una adecuada compasión; esto es: la capacidad de ponerse en lugar de los demás, comprender y tolerar. ¿Por qué sucede esto? Simplemente porque el débil busca su auto-afirmación en el espejo del otro, lo que hace que si el otro no lo certifica, o no se comporta según él entiende como razonable, se dispara un mecanismo de rechazo. Es un disparadero humano que llevamos usando desde tiempos inmemoriales, en la medida en que el «Ego» registra en la psique su sed de complicidad y pertenencia.

Cuando no nos brindan aquello que consideramos imprescindible, una parte de nosotros mismos tiende a sentirse excluida de la relación. Y esto el amor propio no lo tolera. Un individuo débil no es capaz de aceptar de buen grado la observación que otra persona pueda hacer sobre su Yo, y en vez de considerarla como constructiva u oportuna, la considerará como malintencionada. Este artilugio del «Ego», que es básicamente adolescente, podrá perpetuarse en el tiempo, impidiendo que la persona madure y ubique de forma saludable su identidad en cualquier relación.

Por otro lado, la necesidad de elogio, de ser reconocido, deriva de la fase infantil, en la que todo niño requiere dosis de adulación destinadas a consolidar su auto-estima. Como es natural, si la afirmación que se nos ha brindado en el primer núcleo familiar ha sido escasa, o nula, la persona la demandará. Esto es muy frecuente en sujetos que se han sentido depreciados cuando sus padres han dirigido hacia un hermano un trato más deferente; en mujeres que no han recibido la adecuada afirmación del padre cuando eran niñas o adolescentes, lo que les llevará inconscientemente a demandarla de sus maridos; o bien en hombres que no han recibido el cariño y la protección de la madre y terminan por buscarla en la mujer. 

El Yo necesita ser estimulado permanentemente. Y diremos que según sean los estímulos requeridos, así será el grado de desarrollo del individuo. Podríamos decir: «dime cómo te estimula tu pareja y así serás en la relación». La cordialidad, la aceptación, el respeto, la comprensión, impactan en la mente, imprimiendo a las hormonas (péptidos) que produce el hipotálamo un efecto beneficioso que redunda en el sistema nervioso. Esto otorga a la persona dosis de bienestar y contribuye a su estima personal. El hipotálamo es el gran laboratorio químico de nuestro organismo, que a la postre ha de producir la reacción emotiva a cualquier estímulo.

Como es de suponer, la falta de amabilidad, la desconsideración y el escaso entendimiento en la pareja afectará de forma perturbadora al cerebro y, por ende, al sistema nervioso, pudiendo perjudicar la sensación propia y el fluir de toda relación. El gran dilema surge al no entender la relación como un entrenamiento de desarrollo personal y anímico. Si somos capaces de apreciar al otro como nuestro entrenador, y no como el contrincante o manipulador, terminaremos por instalar en la psique un entendimiento adecuado que contribuya al buen fluir de la emoción.

La «pareja corriente» cobra sentido en la medida en que la entendemos como caldo de cultivo para que el Yo madure. Es fácil de comprender que el desarrollo personal en la relación es directamente proporcional a las dosis de cariño y aceptación que el sujeto podrá progresivamente amplificar en su campo emocional. La relación nos educa el talante. El ajuste emotivo nos lleva a trascender la postura del personaje carente y la inercia a rechazar o juzgar de forma compulsiva, sin verdadera comprensión.

La pareja que vibra conscientemente adopta otro talante, no sólo porque asume las diferencias, sino porque las atiende como útiles e imprescindibles en la propia relación. El individuo se mostrará dispuesto a aprender del otro y, aunque en ocasiones la pareja se convierte en nuestro «pinche tirano», surge el favor de una observación serena a lo que está sucediendo y a cómo el «Ego» quiere llevarnos a la confrontación.

La conciencia estimula la psique y nos llega por una vía no estrictamente personal, ya que forma parte de nuestro bagaje anímico. En este sentido, si la persona está educada a atender exclusivamente a su postura personal, también lo estará para apreciar lo de los demás como amistoso o desafortunado. Me certificas, te comportas como espero de ti (semáforo verde), no me certificas, me desengañas (semáforo rojo), un automatismo compulsivo que cría enfermedad en toda relación.

Uno de los principios principales de la alquimia es la sublimación. La vida en sí nos invita a sublimar lo ordinario, para que el alma pueda experimentar aquello que es excelente. ¿En qué medida una relación de pareja se convierte en el más oportuno entrenamiento para exaltar la emoción y cristalizar en el alma un resultado, diríamos, espiritual?

La mayor parte de individuos están educados para rechazar aquello que pone en evidencia su importancia personal. Sucede de forma taimada, ya que el «Ego» dispone de multitud de justificaciones para poder denigrar lo del otro y poner de relevancia lo propio. Habitualmente no nos damos cuenta de ello, pues es un hábito malsano impregnado en la sociedad desde tiempos remotos. Se nos educa para la auto-consideración, para sustentar el orgullo y la pose de un Yo vanidoso que reclama de continuo certificación.

Esta costumbre se vuelca con virulencia en la familia, muy especialmente en el trato que se tengan las parejas, lo que contribuirá a crear atmósferas tortuosas y conversaciones donde el «Ego» campea a sus anchas, sin que la conciencia tenga la más mínima oportunidad de aparecer. En nuestras conferencias de auto-realización decimos que el «Ego» y la conciencia son como el aceite y el agua, no se pueden mezclar. Si es el «Ego» el que lleva el gobierno de la mente, el que coordina lo que a él le conviene para salir airoso en cada situación, la conciencia permanecerá postergada.

Cuando en la pareja vibran dosis de conciencia, se despierta una sensibilidad capaz de situarse en el lugar del otro. Atender al otro llega a convertirse en prioridad, ya que se comprende que si volcamos los ojos exclusivamente en la propia consideración, estamos alentando a un personaje egocéntrico y, en ocasiones, manipulador. La persona evolucionada siente el bienestar ajeno como propio, pues alcanza una posición integral que no la tuerce la necesidad apremiante de vindicar al Yo en todo lo que hace o dice.

La conciencia, además, nos lleva a relativizar los argumentos, a comprenderlos como subjetivos y condicionales. Podríamos decir que a un individuo verdaderamente evolucionado no lo visten en exceso sus ideas, mientras que a una persona inmadura sus criterios alcanzan una relevancia extrema; ellos lo visten y se convierten en la bandera del Yo. Este talante, la capacidad de relativizar, se hace imprescindible en el proceso de la auto-realización, pues es clave para llegar a experimentar una personalidad sosegada y neutra.

El «Ego» manifiesta su hervor, que es de la mente y de la auto-consideración. La conciencia, sin embargo, declara quietud, que no es indiferencia, sino falta de arrebato y fuego pasional. En este sentido, una «pareja consciente» busca la conciliación en su forma de tratarse y ayudarse, siente el amor como un brindis, una entrega que se muestra con alegría y comprensión. Se entiende la importancia de vibrar en salud mental y emocional, cuestión trascendental que se prolongará a los hijos y que convertirá en armónica la relación.

Los acuerdos, la capacidad conciliadora surge de forma espontánea en la medida en que se comprende el sentido que establece una conversación, el orden y rigor que requiere una situación, la condescendencia y escucha hacia el otro y, sobre todo, la facultad de reconocer los propios errores y estar dispuesto a modificarlos. Se establece un flujo equilibrado entre los valores Yang (masculinos) y Yin (femeninos) que de continuo expresa la personalidad. El Yang y el Yin, como no se experimentan como opuestos, la mente no lleva a la pareja a la rivalidad, inclinación que crea habitualmente confrontación.    

La consagración y capacidad de entrega no sólo sucede desde ese brindis en el que nos importa el bienestar de la otra persona, sino desde la claridad mental y la cordialidad. Es de esta forma cómo cada uno contribuye a que se consolide la luz anímica del otro. Cesan los gestos y actitudes envanecidos y fatuos. La persona noble que es capaz de poner en evidencia sus defectos ante el otro, se hace grandiosa. Diríamos que es saludable en una relación el talante que crea reciprocidad, bienestar y equilibro… y el gran equilibrio se establece en la medida en que asumimos tanto las cualidades de la otra persona como sus carencias. Una «pareja consciente» se ayuda a progresar. De la misma manera que estamos dispuestos a asumir nuestro defecto, lo estaremos en relación al del otro.

Nos parece chocante el sentido etimológico de la palabra «matrimonio». Une un prefijo «matri» (madre) y monio (sufijo que procede del latín munia-ium y que significa deberes, funciones). Podríamos decir que cuando esta palabra surgió, no sólo convierte a la mujer en el eje y soporte cardinal de la familia, sino que a mi modo de ver incorpora a la unión de la pareja una consagración que guarda relación con la capacidad de dar vida y, a la vez, con la entrega y abnegación femenina. Se considerada aquí como cualidad, no como simple aguante y sometimiento. Probablemente esta palabra proceda en exclusiva de planteamientos religiosos, al otorgar al matrimonio la importante misión de proteger la prole, mas prefiero inclinar en este párrafo la palabra hacia una consagración lúcida, amorosa y consciente. El matrimonio puede suponer un compromiso de las almas, según suceda la sensibilidad, el tacto y la devoción que experimenten ambos cónyuges.

Muy diferente es el término «patrimonio», que de forma clara predispone los bienes materiales en relación al hombre, la herencia familiar y los valores pecuniarios. Como tantos términos, se hace evidente la connotación machista que contiene, mas aquí decimos que la verdadera igualdad social no puede ocurrir sin conciencia, sin un interés claro por hacer la vida grata a los demás. Ir de la mano implica que la conciencia asuma lo diferente y, a la vez, comprenda y respete.

Muy diferentes consideraciones se han hecho sobre el concepto «almas gemelas». Las personas que mantienen un trato afectivo se encuentran en la vida para un aprendizaje común a través del cual el alma pueda progresar. Hay relaciones en las que las almas se reconocen de forma inmediata, estableciendo una imantación astral muy poderosa. Sucede por dos razones primordiales: bien porque el hechizo astral se hace muy fuerte debido a lo que necesitamos o bien proyecta nuestro Yo en la otra persona, o bien por que en otras vidas hemos compartido lazos íntimos que hacen que la inclinación sea intensa.   

No obstante, el concepto «alma gemela» ocurre desde nuestro punto de vista en aquellas relaciones de pareja donde la afinidad de ambos consiente acuerdos precisos para la evolución del alma. Es una vibración que se produce a un nivel espiritual, cuando se advierte el entrenamiento y se está dispuesto a asumirlo. Diríamos que las personalidades se compenetran para que las almas progresen.

Mas podremos atender a otro concepto de «alma gemela» que propone el desarrollo espiritual, una vez el maestro integra su energía complementaria. Se denomina Rebis, como vimos en capítulo anterior, y alude a un desenlace interior mediante el cual lo humano se casa con lo divino. Es el regreso a la Unidad y a la síntesis donde el Yang y el Yin son uno.

Entender que este resultado liberador del alma no puede suceder sin el previo entrenamiento de la pareja tántrica. En consecuencia, la realidad personal de una pareja verdaderamente espiritual se dispone al servicio de la evolución anímica, convirtiendo el entrenamiento que suponen sus circunstancias y la luz del amor consciente que pueden llegar a experimentar en el fundamento de la relación.

En nuestro anterior tratado «Ser o no ser, nuestro perpetuo dilema» hablo del concepto del Abraxas gnóstico, como un desenlace del alma que nos lleva a la Unidad. Allí comento las palabras de Jung, cuando dice: «El Abraxas es la claridad y la sombra del hombre; es la realidad cambiante…lo que une en la llama el bien y el mal…» y yo diría susceptible de alcanzar la gran disolución que acople todos los opuestos. Mientras el ser humano se encuentre atrapado en cualquier altercado de la mente que, podríamos decir, segrega el Abraxas, no podrá experimentar su Purusha, esto es: su universalidad.

En su novela Demian, Hermann Hesse nos habla del Abraxas como «el gallo que nos invita a romper el cascarón. «El huevo es tu mundo. El que quiere nacer tiene que quebrar su mundo, para volar hacia Abraxas». Así pues, el gallo canta ese despertar de la alborada donde la sensibilidad no sólo contribuye a sublimar la emoción, sino que llega a alumbrar la psique para convertir en complementario lo que antes tomábamos como opuesto. Esa es, en definitiva, la gran aventura del Ser.

La luz del amor, cuando se respira de una manera consciente, libera al ser humano de la precaria condición del «Ego». La obsesión es delirio; el miedo nos contrae; el deseo incontrolado y pasional se convierte en vasallaje. Por el contrario, la aceptación es concordia; la abnegación nos conduce a la piedad; la piedad favorece la entrega imprescindible para que nuestra realidad espiritual pueda manifestarse.

¿En qué medida una pareja realmente consciente se convierte en un laboratorio donde se puede escaldar este resultado alquimista? El amor es el gran coagulante susceptible de sublimar la luz del alma y transmutar las múltiples condiciones que opacan la personalidad.

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