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MOLESTIA Y REACCIÓN INCONSCIENTE

Instituto de desarrollo integral

La molestia y la reacción inconsciente

              (Fragmento del tratado «Resplandor y brisa, los parámetros de la conducta», de Antonio Carranza).

 

      Muchos han sido los maestros e instructores que comprenden la vida como una escuela de aprendizaje; y las experiencias humanas como las asignaturas precisas a aprobar y comprender. ¡Oh, linda hipótesis…! Hermosa teoría que resuena en nuestros oídos como campanilla celestial. Una zona oculta de nosotros sabe que es así, lo certifica y lo aprueba; mas otra, que todavía protege los esquemas mecánicos que ha elaborado la mente, no consigue extraer de las cosas que nos pasan un definitivo aprendizaje.

         Es el hábito de la reacción frente a lo que no nos gusta, ante aquello que no aceptamos, lo que impide que esta cuestión se haga práctica en nuestras vidas. Y es que estamos programados para «el bien y el mal», para catalogar en nuestra mente aquello que consideramos como adecuado y aquello que va en contra de nuestro subjetivo «Yo».

         Sin embargo, el verdadero entrenamiento consistiría en sentir que cada vez que algo de afuera te revuelve las tripas, cuando alguien te decepciona o no se muestra como esperas de él, en vez de echar mano de tu código de valores y juicios morales, aprendas a asumirlo y considerarlo como asignatura pendiente a aprobar.

         «¿Qué tengo que aprender de esta cuestión?» me pregunto cada vez que una situación incómoda aparece en mi vida. La mayor parte de las veces es una cuestión de enfoque: protegemos y ponemos de relieve a nuestro «Ego» y no observamos la prueba de adaptación y respeto al libre albedrío ajeno y al fluir de la vida. En consecuiencia, no apreciamos la asignatura que se nos propone. Si atendiéramos a la simplicidad de la cuestión, sin argumentos ni justificaciones que como centellas impactan de lleno en el asunto, argumentos redichos que brotan de nuestro «país psicológico» particular, podríamos alcanzar una meridiana perspectiva que nos ayudara a comprender.

         Observamos el tablero de la vida desde el ras arbitrario de nuestro «Ego» y, sumidos en este automatismo, siempre usamos aprendidos postizos mentales con los que justificar nuestras resistencias. El acto simple suele ser la respuesta más oportuna ante las adversidad; y esto es así porque la vida es más simple de lo que creemos; es así porque si observáramos la cuestión desde la mente inocente de un niño —que aletea con parecida simplicidad a la de un sabio— no dudaríamos ni enredaríamos el criterio con obtusas trampa mentales. Según como respiras la vida eliges la intensidad del dolor que te embarga.

         La regeneración humana implica cambios y un movimiento consciente de la conducta y la vitalidad que nos sustenta. Entendemos tres aspectos que requieren una continua regeneración, para no entrar en procesos de decadencia y deterioro:

         El primero atiende a nuestra realidad física. Sentirnos cómodos con nuestro cuerpo implica una adecuada expresión y, a la vez, atender a la densidad que en él incorporamos. Resistencias en la forma de movernos, debilidad que sufre el Yo personal y de continuo repercute en nuestros órganos y sistemas.

         El segundo guarda relación con la mente. Observar la inclinación inconsciente al pensamiento negativo y a la reacción que instaura la psique frente a aquello que no aceptamos. El pensamiento se convierte en un instrumento cardinal del «Ego» que requiere ecuanimidad y, en multitud de ocasiones, silencio.

         El tercero tiene en cuenta el contexto emocional. La sensiblería o bien la falta de tacto y consideración bloquea el centro de la emoción, nos debilita o bien nos entumece. Por el contrario, la rabia que nos suscita una situación adormece la conciencia y genera un malestar que nos impide sentir de forma adecuada. Advertir cómo se expresan los estados de ánimo nos parece crucial, ya que las sensaciones se convierten en el lenguaje esencial del alma humana. Necesitamos pues de sensaciones gratas y positivas para que el alma fructifique y, diremos, que esto depende exclusivamente de nosotros. Según nos tomamos las cosas, así agitamos la sensación.

         A estos tres aspectos los deteriora la molestia interior que sufrimos, muchas veces sin conciencia. Por consiguiente, podríamos decir que «ASÍ TE MOLESTAS, ASÍ ERES». La molestia es una constante energética que impacta en nuestra realidad física, mental y emocional (anímica). La irritación, la sensación de fastidio se convierten en aspavientos reactivos que ponen en evidencia la fuerza o la debilidad de un individuo.

         En atención a esto, podremos acometer un inventario en el que nos preguntaremos:

         ¿Qué nos suele provocar molestia, desazón en la vida?

         ¿Cuáles son las asignaturas importantes que aún no hemos trascendido y empujan de continuo desde el pasado?

         ¿Cuando los demás ponen en evidencia a nuestro Yo, cómo solemos reaccionar? ¿Huimos, sentimos rabia interior, juzgamos con aspereza a la persona embarazosa que está en ese momento entrenando nuestro talante?

         ¿Si siento que no me comprenden o aceptan, reacciono con dolor? ¿Qué espero en realidad de los otros…?

         Asimismo, podemos mirarnos detenidamente ante un espejo, a ser posible desnudos, para preguntarnos:

         ¿Me siento bien conmigo mismo o me encuentro incómodo, disminuido? ¿Es veraz la imagen que muestro ante los demás?

         La molestia nos hace depender ostensiblemente de lo que sucede afuera, pues en las circunstancias solemos implicar una emoción visceral que sufre el Yo debilitado. La persona madura no suele molestarse, ya que comprende y asume aquello que lo entrena. En consecuencia, el balance de molestia que sufrimos habla de nuestro proceso de desarrollo individual.

         Una de las importantes asignaturas que tenemos como individuos es la de regenerar el hábito de la molestia, condición con la que reaccionamos ante la vida y dejamos que nos contamine lo exterior. Saber ponernos un «impermeable energético» ante aquello que al Yo no le agrada y ante las tonterías que pueden manifestar los demás, se convierte en un ejercicio que favorece la salud en todos los campos.

         La clave pues está en la atención que nos lleva a observar el parpadeo de debilidad que nos somete. ¿Estamos situados en el personaje molesto? Si es así, la marejada externa nos abrumará y las respuestas ante ella serán débiles y subordinadas. Son las situaciones de riesgo las que nos ayudan a crecer. El temple y equilibrio ante lo que vibra de forma inconveniente en el exterior nos otorga la fuerza imprescindible para nuestro desarrollo anímico. Sin embargo, el ser humano común no está dispuesto a admitir aquello que le molesta, a considerarlo como ejercicios vitales de templanza y gobierno, por lo que su «Ego» termina por dañar sus campos energéticos.

         El Yo torturado necesita justificar la molestia que padece ante lo que no quiere consentir. Así reacciona con dolor, pierde energía vital y establece multitud de síntomas enfermizos. La templanza contribuye a la regeneración de nuestro campo vital, mientras que el desenfreno y el enardecimiento engendran debilidad y sumen a la personalidad en un desconcierto que nos convierte en títeres del destino.

         El que aprende a no molestarse aprende a ser fuerte, sensible y verdaderamente inteligente. La reacción molesta nos desubica, pues consiente que la persona se identifique negativamente con la situación no entendida y no superada. Si en vez de reaccionar y quejarnos ante la anécdota adoptamos un talante receptivo, por mucho que el «Ego» quiera interpretarla como insoportable, generaremos salud en todos los campos.

         No hay excusas para la molestia inconsciente, ya que ella, en definitiva, no soluciona y termina por dañar nuestra vitalidad. En consecuencia, la contrariedad nos impide observar con perspectiva la realidad e impide que aprobemos asignaturas cardinales que nos proporciona la existencia para aprender.

         El precepto, el rigor ajeno, suelen crear molestia, puesto que el «Ego» no soporta la sacudida de aquello que interpreta como imposición. En este sentido, solemos reaccionar negativamente, y no admitiremos criterios u observaciones contrarias a lo que queremos oír. El Yo atascado en su propia nebulosa mental no soporta lo diferente; y no entiende que si lo atendemos debidamente, puede convertirse en oportuno y digno de tener en cuenta. Por tanto, el gesto retorcido que suele emplear el «Ego» nos imposibilita aceptar lo que nos llega de los demás. De esta forma se amplifican los conflictos y aumenta el dolor. En cada oportunidad que la vida nos brinda para desestructurar al Yo, para superar condiciones tan adversas como las de la soberbia y las del auto-engaño, terminamos por reaccionar ardientemente. Será esa excitación la que nuble el entendimiento y acreciente la MOLESTIA.

 

(Fragmento del tratado «Resplandor y brisa, los parámetros de la conducta», de Antonio Carranza). P.V.P.- 15 €

 

 

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