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TODOS SOMOS BIPOLARES

Instituto de desarrollo integral

TODOS SOMOS BIPOLARES

Desde el punto de vista psicológico, el ser humano necesita traslación, cambios y sacudidas que pongan en evidencia a su anémico Yo. Así, por ejemplo, es significativo comprobar cómo tras los periodos de vacaciones muchas parejas deciden separarse, una vez que esas experiencias excepcionales quiebran sus hábitos mecánicos, poniendo en evidencia la falta de cariño y complicidad que se tienen. Asimismo, cuando un adolescente experimenta un campamento de verano, o un intercambio cultural que le abre la psique a otras formas de comportamiento, su bagaje personal enriquece, pues amplía la percepción de su mundo.

Diríamos que la vida requiere traslación y cambio, sacudidas que espabilen la psique y contribuyan a un oportuno avance. La evolución del alma humana precisa poner en evidencia la pobre condición del Yo. El individuo madura, toma perspectiva de la realidad, cuando se da la oportunidad de modificar sus hábitos, de favorecer una traslación que agite su psique y le permita acceder a registros más lúcidos y conscientes.

Esto nos lleva a pensar que cuando una persona es débil, se resiste al cambio, ya que la costumbre se convierte en un soporte en donde su Yo se siente más o menos acomodado y protegido. Así, la persona común suele utilizar múltiples placebos o bien «ortopedias emocionales» con las que mitigar su zozobra y estancarse en manidas posiciones mentales.

¿Qué podríamos decir que es una «ortopedia emocional»? pues aquellas referencias arbitrarias, bien sean materiales, personales o ideológicas, que hacemos consistentes en la mente y sirven de apoyo a nuestro Yo. Cuando una persona necesita de una ortopedia, no se encuentra disponible para caminar por sí misma y conquistar, mediante una oportuna mudanza, nuevas posibilidades vitales. 

Es desde aquí donde surge la reactividad inconsciente, la tendencia a rechazar lo diferente, como mecanismo encargado de consolidar la ortopedia, pues el gesto reactivo busca afianzar aquellas creencias, prejuicios y parámetros psíquicos que en cierta forma nos validan y no estamos dispuestos a abandonar.

Si el individuo padece un altercado emocional severo, si su personalidad es débil, tenderá inconscientemente a apoyarse en la ortopedia, depreciando las posibilidades de progreso que brinda la vida. Así no sólo se estancará en la costumbre, sino que rechazará cualquier idea que ponga en entredicho el estribo mental donde se apoya. 

Actualmente aparece una patología no del todo comprendida, un trastorno que genéricamente se denomina «bipolaridad» y que la medicina común define para una gama amplia de casos. En mi experiencia como terapeuta he comprobado que el síndrome bipolar, diagnosticado para distintos pacientes, no guarda las mismas características, aunque defina una incapacidad de concreción mental. Suele ser asistido por la cierta ambigüedad emotiva que empaña al sujeto, que turbia la mente e impide en ocasiones que la persona pueda pensar y expresarse con claridad. 

Sin embargo, me interesa aquí poner de relieve un tipo de casos en los que el paciente se ve sometido por ciclos alternos que van de la euforia y ansiedad (en ocasiones movida por tránsitos violentos), a la languidez emotiva y expresiva que puede derivar en depresión. 

La denominada Ley de los biorritmos se encuentra latente en todos los seres humanos, como una oportuna traslación cíclica destinada a que el ser humano pueda mutar su naturaleza (Ver nuestro tratado «La balanza dorada», estudio de las 48 leyes que nos gobiernan). Ella se hace imprescindible no sólo para que la persona pueda imponerse sobre sus rutinas y costumbres, sino también para ajustarse al pulso vital que conmueve la existencia, según las distintas alternancias que marcan la personalidad.

Nos parece significativo comprobar en estos casos que el paciente, —por lo demás débil y en ocasiones obstinado— se resiste a modificar sus referencias mentales y, aunque una parte de él pueda reconocer que son arcaicas e, incluso, ineficaces, se cierra en banda, se rebela, sin poder asumir otras más saludables. Aparece pues en su psique una contradicción que le lleva a declarar y proteger su gesto cerril ante los demás, a interpretar la vida como hostil, a defenderse a ultranza de lo que su «Ego» presume como contrario, necesitando que sus razonamientos, por muy peregrinos que sean, se impongan. No obstante, mientras eso sucede, podríamos decir que descuida su emotividad, y como se siente acosado, su debilidad personal le lleva de forma apremiante a la ortopedia. Así la compensación que elige se hace exclusiva, bandera que en ocasiones alzará con furor, y en otras decaerá mustia junto a su desfallecido Yo

Como la emoción no lo asiste, sucumbe, padeciendo frecuentes biorritmos alternos que descabalan su personalidad y ciegan su mente. En consecuencia, aquí decimos que muchos trastornos de la personalidad, incluidos ciertos casos bipolares, tienen como causa principal el barniz con el que el «Ego» baña la psique; y eso que denominamos «Ego» se convierte en un mecanismo que entorpece la razón y lleva a la persona al desasosiego y a una continua reactividad inconsciente. 

Todos los seres humanos volcamos nuestro dolor en los demás. Curarnos del dolor que almacenamos en el subconsciente es la tarea principal de la vida. Cuando el campo del dolor se amplifica en el alma, nos limita como personas y genera en la psique una turbiedad que suele expresarse con dispersión e incertidumbre. El dolor de los niños se mantiene latente según los lazos personales y astrales que los ligan con sus padres; y el dolor que sufren ciertas patologías sucede asimismo desde el reclamo, desde la necesidad de consideración y afecto.

Hay cuestiones que el alma experimenta como carencia y vacío, por mucho que queramos compensarlo con las satisfacciones y placeres que nos brinde la vida. Por ello, sin conciencia, usaremos desde pequeños un personaje que pueda mitigar el dolor. El postizo de un personaje aprendido buscará, sin conciencia, afecto y autentificación; y si no lo encuentra en los demás y el Yo se siente depreciado, la personalidad de un sujeto débil se desquiciará. Subsistimos a duras penas en la medida en que expresamos y certificamos la pose y la pertinente imagen que necesitamos proteger. El lustre de la apariencia nos invadirá, haciendo que lo que en verdad es esencial quede en un segundo plano.

El carácter contractual de la mente oscila de continuo. Desde pequeños estamos educados para el altercado, defensas y ataques que empobrecen nuestros estados de ánimo. La debilidad personal hace que las ideas fluctúen en ocasiones sin rumbo, aunque el Yo se incline a convertirlas en relevantes. De esta manera los juicios de valor los convertimos en terminantes, y cuando ante los demás sucumben, no terminan por ser considerados, la persona débil se disloca. Cuanto más débil, menos aceptará que se ponga en entredicho su consideración, ser señalada o criticada. Cuando el amor propio se agita, la misma inseguridad fuerza al biorritmo a fluctuar en trastorno, y sustentará la sensación de desvarío y de flaqueza personal.

Se entiende que el síndrome denominado bipolar es producido por una alteración bioquímica. Yo diría, sin embargo, que es el desaliento de un sujeto agotado lo que altera las funciones del cerebro. Agotado por la incoherencia emocional que ha podido padecer en relación a sus seres queridos, muy especialmente en los dos primeros septenarios de la vida (desde el nacimiento a los 14 años). Impotente y débil debido a la falta de aserción que no ha logrado establecer su Yo. Cuando el ánimo se disloca, la mente fuerza concretas manías, destinadas en el subconsciente a mitigar el desatino. Como ocurre con los trastornos esquizoides, de forma recurrente el individuo malinterpreta la realidad.

¿Qué se hereda en verdad en este tipo de trastornos? Yo diría que la inclinación a la debilidad… y, asimismo, una componente educativa mediante la cual el sujeto tiende a identificarse de forma extrema con los episodios que, sin conciencia, se convierten en amenazadores para su Yo. Se encabrita el amor propio y se aturde la personalidad, lo que contribuye a establecer disparidades en el comportamiento.

¡Ah… pero según esto, podríamos decir que todos los seres humanos padecemos un cierto síndrome bipolar! El mecanismo nos asiste a todos culturalmente, y viene de la mano de esa insistencia que reclama denodadamente confirmar al Yo, del vuelco estimulante de la vanidad y del apego que tenemos a nuestras «ortopedias mentales». Sin embargo, consideramos a una persona enferma cuando se encuentra atrapada en la patología de forma extrema, llegando a interpretar de forma oblicua la realidad. La interpretación, cuando se hace negativa y obsesiva, trastorna la expresión y ejerce en la persona una alteración notable de sus estados de ánimo.

Muchas personas que se creen saludables interpretan de forma equívoca aquello que les pasa, según los clichés mentales aprendidos y las carencias emotivas. Expresan una personalidad ambigua, reaccionan con desafuero ante aquello que no aceptan y hacen oscilar el péndulo de su ánimo de un extremo al otro con facilidad. Si a través de una cierta lucidez se les ayuda a pensar con sensatez, podrán reconocer su desvarío, mas no lograrán modificar el hábito de la reactividad que enferma al Yo. Salir de la bipolaridad que altera la psique implica una mirada clara sobre la realidad. Para ello se debe de educar el juicio de valor, cuando se aprende a relativizar y a desmontar el artificio que envuelve al Yo.

La serenidad de la que hablamos comprende la costumbre de atender para comprender. Sólo una observación lúcida que contribuye a respirar saludablemente los acontecimientos por los que pasamos hace que el péndulo se detenga, tanto para el pensamiento como para la emotividad. Así la conciencia se estimula, y es de esta forma cómo cesa la alteración neural que afecta al cerebro.

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